PESCANDO POR SAN ANDRÉS DE TEIXIDO (o que non vai de morto foi de vivo)
Hay días difíciles de olvidar. Uno de los míos, como no, está ligado a una jornada de pesca. Nos levantamos temprano. A las siete de la mañana ya estábamos en A Garita de Herbeira, el acantilado más alto de Europa.
-¿Qué?. ¿Bajamos?.
-¡Joer Nado, aun está muy oscuro. Nos tomamos un coffee y tiramos para abajo.
Esperamos diez minutos, lo que dura un café de termo. Seguía oscuro. Por nuestros cálculos, hasta las ocho menos diez no amanecería.
-Venga, tira, ¡ya no aguanto más en el coche!
El lugar al que íbamos es un pesquero que se conoce como A mina. Su nombre es muy gráfico. Hace años se hundió un cargero en esa zona. Para llegar hasta el buque y poder desguazarlo se abrió un camino, pero con los años, las continuas avalanchas de piedra borraron su rastro.
A mina es una zona con fama de albergar peces enormes y en gran abundancia. Cualquier pescador de la comarca que se precie, debe pasar por allí. Es algo semejante a la confirmación, la diferencia está en que puedes recibir más de una hostia.
-¡Qué frío!. Con este viento seguro que no hay dios que pare allí abajo. -dijo Nando-
Los cien primeros metros de descenso fueron facilísimos. El camino estaba en buen estado porque todavía hay gente que lo usa para llegar a sus terrenos. A partir de aquí la cosa se complicó. Mochila a la espalda, tres cañas por cabeza y mucha ropa.
Continuará...
El camino comenzó a estrecharse. Los cantos cerraban el paso. Agarrándonos a las ramas de los árboles que colgaban de la ladera, fuimos descendiendo poco a poco. Más de una hora para recorrer un kilómetro, eso sí, casi en vertical. El equipo sólo molestaba. Estuvimos a punto de dar media vuelta, pero ya estabamos allí, no nos íbamos a ir a casa de rositas. Hasta se nos atragantó el café que habíamos tomado en el coche, pero al final llegamos al pesquero.
El mar estaba hecho una furia. Al recoger el primer lance, la plomada estaba partida por la mitad, sujeta de milagro por el esmerillón.
-Nando, aquí no hay dios que pesque.
-Pues una de dos, o los peces hacen surf, o están como cabras.
A escasos metros de nuestra roca, estaba el casco del carguero hundido; una macabra espina dorsal, de la que sólo se distinguía el puente y la proa. El espectáculo merecía la pena de tan accidentado descenso. Por supuesto no capturamos ni una triste robaliza, pero tenemos unas fotos y unos recuerdos que no los cambiamos por una dorada de 5 kilos.

Nando wey dijo
Hola! Soy Nando wey, tengo que decir que la aventura es de las que no se olvidan. Daría para escribir un buen relato, sin ir más allá, uno de los percances de la odisea fue creer que el perro de manuel, Newton, se nos había despeñado ladera abajo, 20 minutos más tarde descubrimos que el muy cabrón ya estaba abajo. Cómo bajó? quién sabe?. Por otro lado a paquito se le ha olvidado un pequeño detalle, muy pequño en realidad... aquí el menda, que se resiste a irse de flores para casa, sí pescó, una pieza que sólo podía ser una burla del mar a nuestro esfurzo : "un peón".
15 Noviembre 2007 | 11:20 AM