JOSE, NO JOSÉ

Sin hacer ruido. Se fue tranquilo y paciente, como un buen pescador. Lo curioso es que nunca le chistó demasiado que su «familia» se acercase a la costa, ni siquiera a la orilla de un espigón, y mucho menos con una caña. ¿El mejor amigo del hombre? No siempre. Solía hacer lo que le venía en gana y, a veces, le costaba algún que otro castigo, sobre todo cuando aún era cachorro. Se llamaba Newton, aunque no sé por qué, de un tiempo a esta parte, me dirigía a él como Jose, que no José, quizá porque era un pariente de verdad (¿quién no tiene un José en la familia?) y Newton suena demasiado anglo-sajón, demasiado lejano.
Los años, diez nada menos, desdibujaron su figura robusta y altiva. Sus huesos se calcinaron como un metal expuesto a la acción del mar, y sus ojos, cansados, pedían clemencia. Menos mal que para los animales no existe un debate ético sobre la eutanasia.
Newton, Jose para los amigos, llegó con mi mayoría de edad, justo cuando me entró el gusanillo de echarme al mar con una vara y un carrete. Él ya no está, pero todavía me excita la pesca. No todo se pierde en un día.
